Desde lo alto, en la montaña, podés observar una joya acunada en la palma de tu mano. El lugar es único, verdaderamente hermoso. A tu alrededor, montañas de variados colores, de empinadas laderas, logran que tu vista se complazca plenamente. Mirando hacia abajo, las casitas parecen elementos de una maqueta. Se distribuyen en casi caprichosamente; eso es por los desniveles en el terreno, que sin embargo desde donde estás, ahí arriba, parece plano.

Podés observar también la vegetación, esos verdes manchones que contrastan con el color de las construcciones y sus techos, algunos color teja.
Entonces, luego de observar un rato, es posible que te surja el pensamiento: el pueblo que estás viendo es una joya de los Andes. Tal vez la curiosidad te lleve a tratar de descubrir cuáles de esas casitas conocés de cerca, con otra perspectiva completamente diferente. O, ¿por qué no? ubicar una calle de la cual sepas su nombre.
Y después de observar durante otro rato más largo, tal vez sientas el deseo de poner tu mano en forma de recipiente, con la palma hacia arriba. Y allí, mágicamente, verás al pueblito como una joya acunada en la palma de tu mano. Así como se sostiene aquello que se valora, que se respeta, aquello que se siente en el corazón, aquello que se quiere proteger.
Subir a uno de los cerros de los alrededores y observar esa hermosa joya que es el pueblito, es una sensación que no olvidarás.
(Foto: Pablo Harvey).
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Bellísima!!