Hay ciertos encuentros en Iruya que pueden sorprender gratamente a quienes caminan por sus tranquilas calles empedradas. En la situación que muestra la fotografía, estas dos sonrientes mujeres tuvieron uno de esos tan agradables como sorprendentes encuentros. Y para más datos, con simpáticos y sociables burros, que accedieron amablemente a fotografiarse con ellas. Las dos, cancheras, apoyan cada una su mano en el lomo de un burro marrón oscuro. Mientras el otro, al medio, de color blanquecino con pintitas bien chiquitas grises, espera pacientemente el desenlace.
Iruya te ofrece estas muy gratas sorpresas. Vas caminando tranquilamente, observando el pueblo, las construcciones, todo lo que te llama la atención en un lugar tan diferente, descubriendo cosas nuevas en sus calles. Observando sobre las construcciones las montañas y el cielo purísimo. Y de pronto, sin tocar bocina, aparecen como si fuera de la nada unos burros que transitan con la misma tranquilidad que vos. Su dueño puede estar a la vista, o no; pero podés tener la seguridad de que está cerca.
Para quienes viven en lugares en los que no hay montañas, o grandes ciudades, es algo absolutamente fuera de lo común. No así, por supuesto, para los lugareños. Para ellos, los burros forman parte de la vida diaria.
Encuentros en Iruya que sorprenden gratamente a quien se deja sorprender.
(Ph: Fabián Veliz).
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