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Una pastora con sus animales, inmersa en el paisaje iruyano

Una pastora de Iruya camina con sus animales, en un entorno de tierra y piedras.

Una pastora iruyana camina con sus animales: un par de ovejas, una cabra, un perro. Estas sacrificadas mujeres pasan horas bajo el sol, con infinita paciencia, estoicas. Soportando el calor, el frío o el viento para que el rebaño, más grande o más chico, pueda alimentarse de la hierba que va encontrando, muchas veces escasa.

Y así transcurren los días, durante años, en el profundo silencio entre las piedras y los cerros.

Muchas pastoras iruyanas han comenzado a cuidar los rebaños siendo niñas y lo han hecho durante décadas. El entorno cambiante, a veces frío y ventoso, a veces bajo un duro sol quemante, otras veces un silencio sepulcral en un día gris, han hecho de ellas seres que hacen de la introspección una forma de vida. Han aprendido a fundirse con el paisaje, en lugares donde el alma conversa.

Así, pastora y animales se funden con la montaña y se acompañan mutuamente en la soledad milenaria.

Ph: Loupe Fotografía).

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