Tres relatos cortos escritos tras una primera visita a Iruya

Por Rosana «Mochita» Herrera

Lomada de Estrellas, Camino a Iruya

Camino a Iruya, su paisaje te sorprende. Hay en el camino a pocos kilómetros de llegar a destino, una hermosa lomada en que las piedras se desnudan y destellan por  reflejo del sol. Lomada de estrellas la bauticé y me surgen historias como las contadas por mi abuela cuando la noche se volvía oscura y las luces en el cielo eran el único farol encedido.

«Hace tiempo, en que ni los hombres existían, el cielo colmado de estrellas tanto brillaban que parecía no ser de noche.
Muchas de ellas eran caprichosas, tanto que una vez bajaron sin autorización de los dioses a recostarse en una lomada verde y los dioses molestos por tal osadía y por temor a que su fuego quemase la pastura, les arrebataron el fulgor y las obligaron a quedarse en esas tierras.

Pero ellas no sufrieron, amaban tanto el verdor de esos cerros que se abrazaron a ellos, dichosas.

Y sorprendidos, el sol y la luna tuvieron piedad de ellas. Sabiendo de su naturaleza inicial les otorgaron el poder de reflejar el brillo de ambos, tanto de día como en noches de luna llena».

Duendes de Iruya

Regresando bien tarde a la noche al hostal, ladeando cerros, pasan dos mujeres al lado nuestro y de repente se desprenden un par de piedritas y caen a los pies de las doñas. El susto que nos pegamos cuando éstas comenzaron a «retar» al cerro y sus duendes para que dejen de molestar.

Pero nuestro susto no fue por el reto, sino porque desde las alturas sentimos unas risitas como de niño, cuando la ladera es empinada y su altura era superior a los seis metros. Y nosotros? Nosotros apuramos el tranco sin decir una palabra…

Iruya, quebrando temores

Para quienes como yo temen a las alturas y no realizan grandes caminatas, la hermosa Iruya se presenta como un desafío. Hazlo. Yo lo hice. Hazlo.

Rompí con todo lo establecido en mi mente, me hospedé en lugares alejados y de altura, recorrí una y otra vez, cuesta arriba y cuesta abajo sus mágicas callecitas empedradas. Sí mágicas, porque no sentí el mareo, los ojos desorbitados o la falta de aire, al cerrarse el pecho.

Iruya me atrapó, me enamoró y los miedos, fueron desapareciendo.

Por otra parte, realicé un extenso recorrido a pie hacia San Isidro, bastante lejos para una persona que no suele hacer largas caminatas. Y si bien, sentí la agitación típica del esfuerzo, porque gran parte del recorrido era en ascenso y muy pedregoso,  la excelente compañía y la maravilla del paisaje, eran el aliciente para continuar. Desafíos, sí. Cada rincón de Iruya te presenta un fantástico desafío… y sí, sólo para aquellos que están dispuestos a experimentar esta bendita aventura.

«Mochita» Herrera reside en San Salvador de Jujuy y visitó Iruya por primera vez en febrero 2020, días antes de que comenzara el carnaval. Escribió estos tres relatos que reflejan lo vivido en su viaje.

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