Paisaje del noroeste argentino – «Iruya en mí»


Por Euterpe

Un paisaje del noroeste argentino. Impresiones sensibles.

«Iruya en mí»

Sucedió hace algunos años. Me encontraba recorriendo el NOA, cuando decidí incorporar a mi viaje un paseo de dos días por Iruya.

La idea era ver un poco del paisaje, sacar algunas fotos y disfrutar del silencio de este lugar desconocido y recóndito. Muchas personas me lo habían recomendado insistentemente, proponiéndolo como un lugar ideal para la introspección y el goce de la naturaleza.

Cuando tomé el micro en Humahuaca, elegí el asiento de la ventanilla y me preparé para comenzar esa esperada aventura. El viaje duró alrededor de tres horas, pero por la belleza del paisaje me pareció mucho mas corto. En algunos recodos del camino se veían apachetas, ofrendas silenciosas de algún alma para la divinidad más cercana a sus afectos. Más adelante aparecía la silueta amigable de unas llamas, que añadían colorido a la inmensidad de ese solitario paisaje. Todo lo que veía me maravillaba e iba preparando mi sensibilidad para lo que me esperaba…

Cuando, por fin, llegué a vislumbrar ese pueblo colgado de las montañas, comprendí que ese impulso, esas ganas de conocer este lugar, no sólo me pertenecían a mí. Habían estado latentes en algún rincón del universo y me habían estado llamando desde allí.

Es muy difícil encontrar palabras para describir la impresión que causó en mi ser esta visión. Fue como escapar de las dimensiones espacio temporales habituales. Entrar en una zona mágica, de encanto puro y sencillo, que ya no me abandonaría nunca.

Todo lo que percibí me pareció cercano, entrañable, casi místico. Los burritos paseando tranquilamente por esas calles empedradas, el aroma distinto, penetrante, la serenidad de esa gente que compartía un secreto que me era ajeno.

Pero, sin duda, lo que más me impactó fue la noche… ese cielo inmenso, oscuramente luminoso, plagado de las estrellas más grandes que ví en mi vida.

Y el silencio abrazando todo, el silencio redondo y lleno de poesía de Iruya…

No hay palabras, ni siquiera imágenes que sean capaces de transmitir el perfecto equilibrio entre la realidad y la magia que existe en este pequeño pueblo…

Iruya, como la vida y el amor, se siente en lo profundo del ser espiritual y allí permanece eternamente.





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