Las Voyager, una voz en la fuga cósmica – por Pablo Harvey

Cada día que transcurre, las naves espaciales Voyager I y II devoran más de un millón y medio de kilómetros, alejándose de la Tierra con rumbo a las estrellas.

Si bien partieron el 20 de agosto y el 5 de septiembre de 1977 de Cabo Cañaveral, Florida, EEUU, hace casi 43 años, recién podemos decir que están en los confines del Sistema Solar. Y aun a esa grandísima velocidad, transcurrirán unos veinte mil años más antes de poder escapar de la atracción gravitacional de nuestro sol, luego de atravesar la nube de Oort, una inmensa multitud de un billón de cometas o más. Pasados esos doscientos siglos se despedirán para siempre del sistema solar y se adentrarán en la fría negrura del espacio interestelar, dando comienzo a la Fase Dos de su viaje, en la que permanecerán intactas durante mil millones de años, navegando alrededor del centro de la galaxia Vía Láctea.

Cada una de las naves lleva adosado en su parte exterior un disco fonográfico de cobre recubierto en oro, con un mensaje para las posibles civilizaciones extraterrestres que pudieran encontrarlo en algún lugar y tiempo remotos. No existe ninguna prueba concreta que pueda confirmar que existan en la Vía Láctea otras civilizaciones que naveguen por el espacio. En realidad, las posibilidades de que exista al menos una civilización -aparte de la humana- son mínimas; pero aún en el más pesimista de los cálculos, existe por lo menos una posibilidad de que en un futuro lejano una de las naves sea interceptada. Esa posibilidad en millones hace que la existencia de las naves tenga sentido. Y lo más grandioso del proyecto Voyager es el espíritu que impulsó semejante empresa: la idea de enviar un mensaje desde nuestro diminuto mundo hacia la inmensidad del espacio, (como dijera Carl Sagan, una voz en la fuga cósmica), para decirle a quienesquiera fueren capaces de encontrarlo, dentro de miles de años, que aquí, en las afueras de la galaxia Vía Láctea, en este planeta que llamamos Tierra, se desarrolló una civilización inteligente, capaz de comunicarse en el espacio y el tiempo.

La información almacenada en el disco, entre otras cosas, contiene saludos en 59 idiomas humanos y en un lenguaje de ballenas; un ensayo evolutivo en audio sobre “los sonidos de la Tierra” (un beso, el llanto de un bebé, el registro de un electroencefalograma con las reflexiones de una joven enamorada); 118 imágenes codificadas, convertidas a audio, sobre nuestra ciencia, civilización y nosotros mismos, y casi 90 minutos de lo que sus recopiladores llamaron “la mejor música del mundo, de Oriente y Occidente”, incluyendo “música clásica” y folklórica, un canto nocturno de los navajos, una pieza para shakuhachi (especie de flauta de bambú japonesa), una canción de iniciación de una niña pigmeo, una canción de boda peruana, una canción china de tres mil años de antigüedad titulada Corrientes que fluyen, además de composiciones de Louis Armstrong, Willie Johnson el Ciego y Chuck Berry.


La nave Voyager 2.


La selección musical, a cargo de Timothy Ferris bajo la dirección de Carl Sagan, director general del proyecto Voyager, se basó en distintos criterios. Hay una yuxtaposición intencional de música de muchas culturas. Algunas piezas, por ejemplo, contrastan con la que sigue en el disco en forma tonal a veces y emocional en otras, pero las une una demostración común de virtuosismo solista con instrumentos muy diferentes. En otros casos, la semejanza de instrumentos o de estilos rítmicos y melódicos une culturas con grandes diferencias en otros aspectos.

La responsabilidad de elegir la música que representara a la Humanidad era enorme y planteó muchísimos problemas, sobre todo a la hora de la decisión final: ¿cómo plasmar en 87 minutos y medio, a través de música, el resultado de milenios de evolución cultural? ¿Por qué decidirse por Bach y no por Wagner, o Schubert? ¿Es más representativo un cuarteto de cuerdas, una sinfonía, un solo instrumental o una cantata? ¿O lo es la música de los pigmeos africanos, o de los pueblos andinos, o de los antiguos chinos?

Y por otro lado: seres quizá completamente diferentes a nosotros, ¿tendrán la capacidad de captar y apreciar el profundo significado emocional que subyace en nuestra música, indisolublemente unido a ella? Esto es apenas una muestra de los múltiples interrogantes sin respuesta que surgieron. Debido a esto, las opciones de elección son innumerables, pero había que decidirse por una. Según Carl Sagan, “está claro que no existe una respuesta correcta al problema de seleccionar música para enviarla a las estrellas; hay tantas respuestas como personas intenten tomar esta decisión. En este caso la decisión estaba en mis manos”. Se establecieron entonces dos grandes criterios de selección. Primero, se incluirían piezas musicales variadas de un amplio grupo de culturas, para indicar la diversidad de los pueblos de la Tierra. Segundo, cada obra seleccionada debería conmover tanto al cerebro como al corazón. No se incluiría nada por obligación. Luego de un arduo trabajo en el que resultó difícil descartar piezas seleccionadas debido al limitado espacio del que se disponía en el disco, se pudo llegar a la lista definitiva que nos representaría como especie.

La música que viaja a bordo de las Voyager

1. Bach: Concierto Brandenburgués N° 2 en Fa (1er. Mov.). Orquesta Bach de Munich. Dir. Karl Richter. 4:40.
2. Java, gamelán de corte. Tipos de flores, grabado por Robert Brown. 4:43.
3. Senegal, percusión, grabado por Charles Duvelle. 2:08.
4. Zaire, canción de iniciación de las niñas pigmeo, grabada por Colin Turnbull. 0:56.
5. Australia, Canciones aborígenes, La estrella de la mañana y El pájaro diablo, grabadas por Sandra LeBrun Holmes. 1:26.
6. Méjico, El cascabel, interpretada por Lorenzo Barcelata y el Mariachi Méjico. 3:14.
7. Johnny B. Goode, escrita e interpretada por Chuck Berry. 2:38.
8. Nueva Guinea, canción de la casa de los hombres, grabada por Robert MacLennan. 1:20.
9. Japón, shakuhachi, Grullas en su nido, interpretado por Coro Yamaguchi. 4:51.
10. Bach: Partita No. 3 para violín en Mi (Gavotte en rondeaux). Arthur Grumiaux, violín. 2:55.
11. Mozart: La Flauta Mágica (aria “Reina de la Noche”). Edda Moser, soprano. Ópera del Estado de Baviera, Munich. Dir. Wolfgang Saivallish. 2:55
12. Georgia, RSS, coro, Tchakrulo, recogido por Radio Moscú. 2:18.
13. Perú, flautas y tambores, recogido por Casa de la Cultura, Lima. 0:52.
14. Melancholy Blues, interpretado por Louis Armstrong y sus  Hot Seven. 3:05.
15. Azerbaiján, RSS, gaitas, grabada por Radio Moscú. 2:30.
16. Stravinski: Consagración de la Primavera (Danza del Sacrificio). Orquesta Sinfónica de Columbia. Dir. Igor Stravinski. 4:35.
17. Bach: El Clave bien Temperado (Libro 2, preludio y fuga No. 1 en Do). Glenn Gould, piano. 4:48.
18. Beethoven: Sinfonía N° 5 en do menor (1er. Mov.). Orquesta Philharmonia. Dir. Otto Klemperer. 7:20.
19. Bulgaria, Izlel je Delyo Hagdutin, cantada por Valia Balkanska. 4:59.
20. Indios Navajos, Canto de la Noche, grabado por Willard Rhodes. 0:57.
21. Holborne, Pavans, Galliards Almains and other Short Airs, (The Fairie Round), interpretada por David Munrow y la Asociación de Música Antigua de Londres. 1:17.
22. Islas Salomón, flautas, recogida por el Servicio de Difusión de las Islas Salomón. 1:12.          
23. Perú, canción de boda, grabada por John Cohen. 0:38.
24. China, qin, La corriente de los arroyos, interpretada por Kuan P’inghu. 7:37.
25. India, raga, Jaat Kahan Ho, cantada por Surshri Kesar Bai Kerkar. 3:30.
26. Dark Was the Night, escrita e interpretada por Willie Johnson El Ciego. 3:15.
27. Beethoven: Cuarteto para Cuerdas No. 13 en Si bemol, Op. 130 (Cavatina). Cuarteto de Cuerdas de Budapest. 6:37.


El disco fonográfico de cobre recubierto en oro.

Veamos ahora algunos de los motivos que llevaron a la selección de la «música clásica» incluida en el disco, así como sus características y sus autores.

Bach vivió en una de las sociedades mejor organizadas musicalmente que jamás se hayan visto. Cada corte, iglesia o universidad proclamaba su posición a través de la música. Detrás de las obras de Bach hay una tradición polifónica arraigada en los corales del siglo XVI, de Palestrina y de su escuela. Estas obras se originan a su vez en el viejo sistema de cantos gregorianos por un lado, y en las expresiones medievales de la música popular europea por otro. Al estudiar a Bach podemos comprobar que su característico sentido del análisis y de la organización, unido a su deseo de llegar a la raíz de todo en música y plasmarlo luego en la partitura, fueron precursores de corrientes que se perciben actualmente tanto en nuestro arte como en nuestra sociedad. Fue un ser tan fríamente calculador en la teoría que su música suena moderna todavía. Las corrientes mencionadas, nueva y vieja, se expresan hoy en una preferencia que oscila a favor de lo mental y en contra de lo sentimental en Bach, cada una con sus defensores y detractores. Desde ambas perspectivas se puede afirmar que él es prácticamente un compositor universal.

La última ópera compuesta por Mozart, La Flauta Mágica, fue estrenada menos de tres meses antes de su muerte, cuando contaba con treinta y cinco años de edad. El aria La Reina de la Noche fue, con justicia, denominada por algunos como una de las descripciones de carácter más extraordinarias que la música haya logrado jamás. “La venganza de los Infiernos hierve en mi corazón”, canta la reina “y la muerte y la desesperación estallan a mi alrededor!”.

Es sugestivo el comentario de Timothy Ferris, quien luego de trabajar arduamente para llegar en la selección musical final del proyecto Voyager, reflexiona acerca de que, en forma conciente o no, al elegir la música que navegaría por la oscuridad interestelar se habían incluido cuatro piezas sobre el tema de la noche: Dark Was the Night de Willie Johnson el Ciego, el Canto navajo a la noche, la canción aborigen del lucero del alba y el aria de Mozart.

La idea de La Consagración de la Primavera se le apareció a Stravinski en un sueño, del cual comentó que vio “una escena de un ritual pagano en la cual una virgen elegida para el sacrificio va a la muerte danzando”, a lo cual agregó con sus propias palabras: “para mí, que soy ruso, esta imagen tomó forma en la época de la Rusia prehistórica”. Stravinsky tomó el tema de una melodía folklórica que tiene su origen en una canción de pastores de los Cárpatos, de antigüedad desconocida. A través de toda la obra se le da importancia al ritmo, opción que tomó para asociarla con los humanos primitivos.

Cuando se estrenó en 1913 la obra en el Théatre de Champs-Élysees en París, la acogida por parte del público fue poco menos que terrible. Se cuenta que los bailarines no podían oir a la orquesta a causa de los silbidos, y que la composición fue calificada por la prensa musical de esos días con calificativos como horrorosa y bárbara.

Al reproducir en las salas de concierto la música de nuestros denigrados antepasados prehistóricos y de sus familiares contemporáneos, los ciudadanos del mundo subdesarrollado, era forzoso que La Consagración de la Primavera provocase indignación en quienes frecuentan las salas de concierto; nos recordaba todo lo que debemos a gente que ya olvidamos o ignoramos. Si bien la composición no tendió puentes entre culturas (fue más bien un grito a través del río), con el tiempo nuestra civilización la asimiló. Stravinski ya no volvió a componer nada parecido.

Como no podría ser de otra forma, Beethoven, esa “personalidad totalmente indómita” según Goethe, no podía estar ausente en el disco. Ese ser provocativo y rebelde, presentado por sus sucesores inmediatos como iniciador del movimiento romántico, que luchó con su música contra un mundo injusto, lleno de ideales y de desilusiones, con su vida plagada de desgracias, tuvo el coraje de producir una obra asombrosa. Quizá sea ésta la razón por la que lo encontramos misterioso. La valentía es en sí misma misteriosa; es el valioso legado de millones de antepasados que lucharon por la supervivencia. Este tema lo encontramos transcripto en la música de Beethoven.

La 5ta. Sinfonía introdujo una nueva fisonomía en el mundo de la música; según Berlioz, el primer movimiento fue “más allá y por encima de todo lo que se había producido en música instrumental”. Goethe, no conforme, manifestó luego de que Félix Mendelssohn tocara la Quinta para él: “no provoca emoción, solamente asombro y grandiosidad”, aunque más tarde se quejara de no poder sacarse el tema de la cabeza.

Fue compuesta por el músico en medio de un conflicto personal, algo que era habitual en él. Comenzó a escribirla en 1805, la interrumpió durante su noviazgo con la condesa Theresa Brunswick, (un paréntesis feliz en el que compuso la Sinfonía “Heroica”), y la finalizó en 1807-1808 luego de haber puesto fin a su compromiso.

Como sucede en muchas obras de Beethoven, el tema principal puede reconocerse simplemente por el ritmo, sin necesidad de escuchar la melodía. Luego de su estreno, con una orquesta tan mal ensayada que en determinado momento Beethoven tuvo que pararlos en seco y gritar: “¡Otra vez!”, siguió una segunda presentación con más éxito y pronto la 5ta Sinfonía recibió la aclamación que la consagraría para siempre.

Un factor qué resultaba adecuado a los responsables de la selección fue su brevedad; el 1er Movimiento de la 5ta Sinfonía ha sido calificado como “la representación más concisa jamás conseguida en música”.

Muchos coincidirán en que en la Cavatina del Cuarteto No. 13, Beethoven excita profundamente la emoción. El musicólogo Joseph de Marliave describe el movimiento como “una súplica agonizante, un intolerable anhelo de felicidad y de paz, un anhelo interrumpido por sollozos que parten de la música con una intensidad de sentimientos más profunda incluso que la que podría expresar la viva voz del músico”. En la Cavatina también se ven reflejados relámpagos de esperanza y la serenidad de un hombre que ha soportado el sufrimiento y que ve llegar su final. Nosotros, al vivir el drama de la existencia humana en la Tierra, ignoramos en qué medida la tristeza o la esperanza son lo apropiado en nuestras vidas. No sabemos si vivimos una tragedia, una comedia o una gran aventura. En la Cavatina, compuesta menos de dos años antes de su muerte, Beethoven nos enfrenta cara a cara con esta situación.


El objetivo principal de la misión Voyager era la cosecha de información científica. Estas dos naves representan el primer reconocimiento en profundidad del sistema solar exterior, y han cumplido con creces sus objetivos: todos hemos visto las fotos que sus computadoras nos enviaron de Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y muchos de sus satélites naturales, además de la invalorable recopilación de información. Sin embargo, con el paso del tiempo estos sofisticados aparatos dejarán de funcionar. Pero quedará un disco a bordo de cada nave. Los estudios estiman la vida media del disco en unos mil millones de años. Las cifras son difíciles de imaginar para nuestras mentes: pasarán por lo menos 60.000 años antes de que las Voyager penetren en otro sistema planetario y puedan ser detectadas. En caso de que los discos no pudieran ser decodificados por otros seres, la sola existencia de las naves hablará por sí misma. Y según Carl Sagan, “podrán estar seguros de que éramos una especie dotada de esperanza y de perseverancia, de algo de inteligencia también, de una generosidad sustancial y de un entusiasmo palpable por establecer contacto con el cosmos”.
Cabe también la posibilidad de que nunca sean interceptadas. Ni siquiera en cinco mil millones de años. Y en ese lapso los seres humanos se habrán extinguido o habrán evolucionado hacia seres diferentes; los continentes habrán alterado su forma o habrán quedado destruidos, y la evolución del Sol habrá reducido nuestro planeta a cenizas. Y las Voyager, muy lejos de casa, portando nuestra voz, una voz en la fuga cósmica, continuarán su viaje a través del espacio infinito.

Por Pablo Harvey


Para escuchar la música que viaja a bordo de las Voyager


Para escuchar toda la música enviada en las Voyager, click en el botón o sobre la imagen.

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