El costo de vivir, de sentir y la oportunidad de reconstruir el corazón


Por María Inés
López Barros

Te han roto el corazón alguna vez? A mí sí, algunas  veces, en especial una vez. Pero ese es el riesgo de animarse a sentir. La gente ya no se anima a sentir, hace cuanto que dejaron de hacerlo?

No, yo no voy a negociar aquello que me permite entender y disfrutar de las relaciones profundas con un otro. Ni tampoco limitarme a la hora de sentir todo eso que se moviliza al estar frente a una obra de arte. Esa canción que me estremece, ni ese poema que me deja con un nudo en la garganta o con todo el aire del mundo adentro de los pulmones. De sentir los mimos del sol, la ricura de las primeras noches de calorcito, la cálida luz del atardecer en una plaza, como el abrazo de las abuelas, como los mates calentitos de la mañana o como se siente el “te quiero” de tu hijo.


Sentir, vivir, vivir sentir, van de la mano, son grandes compinches.

Yo no quiero dejar de sentir, aunque eso abarque el riesgo de terminar con el corazón roto. Se puede volver a armar, de hecho lo hice.  Y si bien ya no vuelve a ser el mismo y a veces extraño esa que ya no soy, y a ese corazón que alguna vez tuve… confío en que siempre lo voy a poder reconstruir, porque parto de confiar en mi capacidad de superar, aprender, mejorar de cada experiencia. Creo en mi propia salvación, sé que nunca voy a abandonarme.


Y no debemos olvidarnos además, que existe la maravillosa posibilidad de armarlo mejor.

Mira si habrá llovido adentro mío, que a mi corazón le crecieron flores.


Fotos: dientes de león creciendo entre piedras.

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